En aquel tiempo recibí un mensaje de una querida amiga, una persona de gran corazón, con más de cuarenta años de experiencia de vida.
- Perdona que no te he escrito antes, pero… me han despedido.
- ¿Cómo?
- Si, vengo de firmar el acuerdo, pero mi carrera en “Tal Compañía”, ha concluido.
- Cuéntame…
- Estoy triste, todavía me cuesta hablar del tema, pero por otro lado me siento aliviada, porque los últimos meses me han hecho la vida imposible para que renunciara.
Los detalles del contexto añaden un matiz de horror a su historia. Estoy convencido de que una de las protagonistas no es del todo consciente de ello: quizá lo intuye en su subconsciente, pero en la superficie lo niega. El escenario principal es un departamento de Recursos Humanos que, una vez más, evidencia la deshumanización con la que muchas compañías tratan a las personas. Las personas involucradas en el conflicto —que terminó de la peor manera posible— son, en primer lugar, una jefa nueva, de unos 28 o 29 años, que ha asimilado las peores prácticas corporativas: criticar en público sin ofrecer retroalimentación real; abandonar a su suerte a quienes quiere que la compañía despida; rehuir el trabajo en equipo, y apropiarse de los logros ajenos. Con estas conductas parece compensar su propia inseguridad. Es alguien convencida de que puede trabajar en solitario, mientras trata a su equipo como si fueran pañuelos de papel desechables.
En contraste, encontramos a una colaboradora que no hace alarde de su labor, pero trabaja con la constancia y el esfuerzo de una hormiga.
Y, finalmente, la empresa misma: una organización que, con el paso del tiempo, ha caído en una burocracia caníbal —término que, a propósito, utilizaré reiteradamente.
En verdad les digo, tanto a los responsables corporativos como a los jóvenes profesionales —ya sea que los mueva la ambición o la necesidad de dinero—: cuiden lo que siembran hoy, porque tarde o temprano lo cosecharán mañana. Quien siembra vientos, inevitablemente recoge tempestades.

Estar en equipos donde el jefe o jefa no te quieren
A lo largo de mi recorrido laboral en distintos trabajos, me ha tocado integrar equipos donde el jefe o la jefa simplemente no te quieren. No por tu rendimiento, sino por esa realidad inevitable: no todos caemos en gracia a todos. Entonces comienza un mal-trato y/o des-trato sutil, pero muy cruel, que te hace sentir tan mal y tan “abandonado” a tu suerte que, en silencio, miras al cielo y exclamas: “Dios, por favor, basta”.
A veces no puedes irte porque necesitas el dinero para ti y tu familia. Otras, piensas: “ya se le pasará”. Y otras más, por orgullo, te dices: “me quedaré hasta revertir la situación”. Pero, al final, nada funciona.
No tengo un desenlace de rosas para contar. Solo en aquellos trabajos en los que me tocó ser responsable de la organización pude marcar una diferencia: traté de ayudar a cada persona a desarrollarse en su labor y en su carrera futura, siempre en equipo, haciendo cuanto estaba en mis manos para que las cosas resultaran de la mejor manera posible para todas las partes (aunque a veces implicara hablar hasta el cansancio sobre los puntos débiles a reforzar; solo en un par de ocasiones, los colaboradores se pusieron en situaciones imposibles de salvar y la relación terminó mal, pero sin comportamientos inapropiados y mucho menos una crueldad completamente improcedente e innecesaria).
En otras experiencias un poco más recientes, trabajando para otros, lamentablemente, en la midat de los casos he visto cómo est tipo de historia se repite: malas caras, cotilleo, un trato autoritario completamnte innecesario, y la búsqueda al final de un quiebre personal y de una renuncia o de una expulsión indirecta. Y la cadena, como siempre, se corta por el eslabón “más débil”. El problema es que ese eslabón suele ser precisamente el más valioso para la empresa a largo plazo y el que mejor servía al cliente externo, que al final es la razón de ser de cualquier organización.
Lo que preocupa de estas situaciones, desde mi perspectiva, son varios evocadores a pensar juntos:
- La continua deshumanización de los departamentos de Recursos Humanos es un fenómeno que me preocupa desde hace tiempo. Ya escribí en su momento sobre esta problemática: cómo estos espacios se han reducido a la mera aplicación de normativas laborales y al uso de sofisticados softwares de gestión. Paradójicamente, queda afuera lo esencial: aquello que hoy se publicita como “gestión del talento” (¿una gran mentira? Les dejo la pregunta). La conclusión de quienes trabajan en compañías con más de cincuenta empleados es contundente: esos departamentos rara vez honran el nombre que llevan. Paradojas de los tiempos modernos.
- Un ejemplo claro es la falta de valoración hacia quienes cumplen el rol de “hormigas obreras”: personas que no se quejan, no faltan, no alardean, no trepan, simplemente trabajan. Me recuerda a lo vivido como padre en los años de jardín y primaria de mis hijos. Tranquilos, cumplidores, sin llamar la atención, pasaban inadvertidos. Y, justamente por no molestar, a veces no recibían la atención que necesitaban. Con las empresas ocurre lo mismo: se desatiende a quienes cumplen con todo, porque su presencia silenciosa parece invisible.
- Otro descuido recurrente es el de los trabajadores con más de 40 —y ni hablar de quienes superan los 50. Es cierto que el aprendizaje de nuevas tecnologías puede ser más pausado y que la energía física no siempre es la misma que la de los más jóvenes. Pero suelen ser quienes llegan cinco minutos antes, los que no temen a las horas extraordinarias (extraordinarias de verdad, no jornadas recargadas), los que ofrecen paciencia, empatía y cortesía. Además, aportan un valor inigualable: la experiencia de vida, que enriquece cualquier equipo en un entorno donde abundan “zombis” pegados al celular.
- Lo que más me llama la atención en este lado del mundo es la naturalización del canibalismo entre jóvenes profesionales. En mi país de origen viví ese escenario a fines de los 90 y principios de los 2000. La moda eran los “JP”: las grandes empresas impulsaban retiros voluntarios y despidos masivos de mayores de 50, reemplazándolos por recién egresados universitarios, con excelentes calificaciones y sed de triunfo, felices de ganar sueldos impensados pocos años antes. Recuerdo que un gran amigo, en ese contexto, me dijo una frase que me marcó: “Tengo que volver a la oficina y pisar algunas cabezas”. Todo un símbolo de una cultura que me resultaba lejana, casi incomprensible. El resultado no tardó en llegar: se perdió el saber hacer de los seniors y, poco después, las mismas compañías tuvieron que llamarlos de vuelta, esta vez con contratos precarios. Porque todos sabemos que un título universitario no equivale a saber hacer el trabajo.
¿Es el comienzo del canibalismo laboral, económico y social?
La precarización laboral y la consecuente falta de redistribución de la riqueza nos han llevado a un punto crítico. Los salarios y el trabajo deberían estar al servicio de la mayoría de las personas que se esfuerzan y quieren progresar. Y aclaro: no hablo desde visiones exacerbadas de progresismo ni desde un marxismo mal interpretado o peor ejecutado —lo digo con el mayor de los respetos. Pero, sumados a un costo de vida alto, horizontes inciertos y la falta de educación en habilidades sociales, todos estos factores nos empujan al mismo resultado: el inicio de un canibalismo laboral, económico y social.
Es cierto que algunos pensarán: “no todos los jóvenes profesionales son así, se trata de excepciones”. Incluso un psicólogo podría diagnosticar ciertos comportamientos como rasgos psicopáticos o patologías particulares. Sin embargo, más allá de las excepciones, mi experiencia me dice que este fenómeno se vuelve cada vez más frecuente. Y aquí me permito recomendar una metáfora muy ilustrativa: la de las hormigas negras y coloradas en un frasco de vidrio.
Un problema que va mucho más allá de lo laboral y profesional, ni siquiera es una batalla generacional
Si un profesional de 29 años cree que “eliminar” a quien percibe como competencia, estorbo o simple obstáculo es la forma de avanzar —porque empaña su horizonte, porque “ya pasó su tiempo” o porque trabaja con el ritmo de una anciana—, entonces, como sociedad, tenemos un problema enorme. Y no hablo de un choque laboral ni de una batalla generacional. No se trata de “jóvenes profesionales versus viejos trabajadores”, como antaño los partidos de barrio eran “solteros contra casados”. Es algo más profundo: la pérdida de visión comunitaria.
Durante la pandemia enseñamos, casi sin querer, a muchas personas a ir solos, cada uno por su cuenta, con un móvil como única compañía. Y hoy muchos caminan así, solitarios, “pisando cabezas” para lograr… ¿qué, exactamente? A quienes se sientan identificados con esa actitud, les digo: esa agresión no física donde primero acosas (sin querer quriendo) a otro ser humano, a fin de conservar o mejorar tu puesto de trabajo, o no te va a salvar. Y en menos de lo que canta un gallo —como decíamos en mi época—, te harán lo mismo a ti. Llámalo karma, reciprocidad o ley de atracción, el resultado es el mismo.
En el camino recorrido en el Máster en Recursos Humanos, en la Universidad de las Islas Baleares (sueño con volver algún día, como estudiante o docente), enfoqué mi Trabajo de Final en la precarización laboral. Analicé la problemática desde abajo: el ayudante de camarero en un chiringuito, el reponedor de un supermercado, el pasante en prácticas, el oficinista que recién empieza, el taxista… la lista es larga.
Pero hoy percibo algo más claro que nunca: la precarización atraviesa toda la estructura. También alcanza a la persona de confianza del jefe, del dueño y al CEO, presionado por una suerte de estrés enfocada en la vlodiad y los resultados, ya no tanto en la calidad de los procesos; juntas de socios y acreedores bajo formatos de “vida o muerte”. Todos, desde el nivel más bajo hasta la cima, viven con el mismo temor: perder la silla, el salario y la dignidad. Y aunque en Europa se evite hablar de pobreza, hay temor de caer en situaciones de precariedad de vida, no solo de trabajo. Y cuidado -mensaje para los gobernantes-: negar los síntomas no hará más que agravar la enfermedad.
¿Como hacemos, como aldea global, para construir comunidad con estas realidades?
Tal vez escriba con una mirada infantil —seguramente sí—, pero eso no debería impedirme expresarme. No lo hago como protesta, ni para espantar corporaciones, ni como gurú de la vida organizacional o de las habilidades blandas. Hablo como alguien que se detiene, se pone de pie y señala al elefante dentro del baño.
Mi inquietud no es aceptar la escalada de violencia laboral en la carrera por la supervivencia del más apto. Tampoco se trata de ensalzar al “viejo trabajador” lleno de mañas que se niega a aprender, ni de demonizar las prácticas corporativas orientadas a optimizar recursos. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo construimos comunidad, como aldea global, en medio de estas realidades? Porque, a largo plazo, estas prácticas, estas personalidades, los relegados y quienes venden su alma barata al sistema para conservar un sueldo que no los salvará en diez años, corroen brutalmente la sociedad que compartimos.
Ya se ha visto en otras latitudes. Aunque Hollywood —sin ánimo de estigmatizar— insista en que todos podemos reinventarnos y salir adelante, la realidad suele ser distinta. La reinvención es dura, sobre todo cuando nadie reconoce los talentos previos. Y lo más inquietante: quienes hoy empujan a otros fuera del tablero, mañana ocuparán su lugar y se enfrentarán a un mundo aún más canibalizado. La factura de los “pecados de juventud” siempre llega, como al fumador que a los 18 no siente nada y a los 50 no puede subir una escalera.
La sociedad está pagando muy caro sus aprendizajes tardíos. Y me resulta impactante la falta de conciencia frente a ello.
Incluso en el peor escenario, la sociedad trabajando mancomunadamente, siempre puede hacer algo
Llegar a una conclusión sin estadísticas, basándome solo en experiencias propias y del entorno, puede ser arriesgado. Pero la sensación que tengo es la misma que viví en plena crisis del 2001–2002 en Argentina. En aquel entonces, junto a un equipo, intentamos enviar a dos jóvenes a Tailandia para un Campamento Mundial Scout. Hicimos todo lo posible para financiar el viaje, pero no lo logramos. No quedé frustrado: el proceso fue positivo, el equipo trabajó con entrega y toda una región de scouts vivió momentos intensos y enriquecedores. Sin embargo, no pudimos darles a esos chicos una experiencia única, y la comunidad —aunque lo entiendo por la crisis— no nos acompañó. ¿Cuánto perdimos? Mucho más de lo que parecía en ese momento.
Mi invitación hoy es a concienciar sobre esta problemática.
Si estás del lado de quien recibe empujones para que se vaya, no te digo que resistas a toda costa. Te digo que analices, con objetividad, si realmente eres parte del problema o no. Y si no lo eres, no cargues culpas que no te corresponden: haz lo que tengas que hacer, pero jamás te sientas menos. Puedes irte con la frente en alto.
Si, en cambio, eres de quienes empujan a otros, convencido de que “hay que ser más productivos” o de que el equipo debe alinearse contigo, considera dos cosas:
a) De la persona que más te irrita, probablemente es de quien más necesitas aprender.
b) Tarde o temprano, lo mismo te sucederá a ti. A veces, como en el bullying escolar, se repite contra otros lo que antes se sufrió en carne propia.
La precarización laboral merece ser atendida. Y está en manos de toda la sociedad —especialmente de los actores influyentes— empezar a prestar la atención que este tema exige con urgencia.
Suspiro
Suspiro, porque mi verdadera intención es invitar a la reflexión y que al lector le surjan más —y quizá mejores— preguntas. No me considero dueño de grandes respuestas ni de fórmulas mágicas que no existen.
Espero que este artículo te haya resultado valioso. Si fue así, te invito a compartirlo y dejar tu comentario: para mí es un enorme aliento y, además, ayuda a que esta obra llegue a más personas.
Nos reencontramos en una semana, con nuevas ideas, herramientas y reflexiones para seguir creciendo, juntos, en lo personal y en lo profesional. Muchas gracias.