Aprender a escuchar;
Saber obedecer;
Aprender a hacer;
Tratar de ser “Siempre mejor”
El artículo de hoy responde a una pregunta muy simple, pero profunda:
¿Qué experiencias de liderazgo, vividas a los 7 u 8 años, pueden aplicarse hoy en la vida adulta y en una organización?
Dicen que un buen líder se hace… y también se nace. Si miro mi propia historia, encuentro que muchas de las cualidades que me han acompañado y me han servido a lo largo de la vida comenzaron allí, en aquella temprana etapa como “Lobato”. Y si esa experiencia fue valiosa —y humildemente creo que ha contribuido a una vida útil, productiva y con propósito— entonces, ¿por qué no volver a ella y extraer lo mejor para compartirlo?

En lo que entonces era el movimiento de Scouts Católicos en Argentina —(U.S.C.A. año 1981 en mi caso— existía una rama dentro de los grupos scouts llamada “Lobatos”, orientada a la formación integral de niños de entre 7 y 10 años. Nuestra educación se transmitía a través del juego, actividades grupales y, especialmente, del campismo. El relato que nos guiaba se inspiraba en El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling. Es la misma obra que, más tarde, serviría como base para El libro de la selva, popularizado por Walt Disney. Sin embargo, aunque los personajes puedan resultar familiares, les aseguro que el texto original —y, sobre todo, la profundidad de sus enseñanzas— está muy lejos de la versión cómica y edulcorada que se construyó para el cine (siempre con todo respeto).
En mi grupo había dos manadas. Una manada estaba formada por unos treinta niños de esa edad, organizados en “seisenas” de entre cinco y siete integrantes, según la evolución y el desempeño de cada equipo. Cada manada tenía un “Akela”: un adulto responsable que lideraba las actividades, juegos y dinámicas; coordinaba con los demás dirigentes y era, para nosotros, la figura central.
Si lo trasladamos al mundo organizacional, Akela no era exactamente el “CEO”, aunque así lo vivíamos como niños. Más bien era el gerente general o director operativo del “departamento Manada”, ya que sobre él estaba el Jefe de Grupo, quien sí sería el equivalente al CEO. Pero para nosotros, los lobatos, Akela era el líder máximo, nuestra referencia y guía.
Cada seisena, a su vez, era un pequeño grupo humano con reglas y jerarquías claras desde el inicio, pero también en constante revisión, conversación y prueba. Teníamos un seisenero, responsable de guiar al equipo; un subseisenero, que lo apoyaba y lo reemplazaba cuando era necesario (por ejemplo, cuando acudía a reuniones con Akela); y los demás integrantes, que asumían roles según sus habilidades, el tamaño del equipo y las circunstancias.
Si algo define la vida en la Manada, es que el trabajo en equipo no solo se enseña: se vive, se experimenta y se incorpora desde el primer minuto.
Recordemos cómo éramos a los 7, 8 o 9 años. Algunos se verán tranquilos, tímidos, sentados en un rincón con gesto curioso. Otros se recordarán inquietos, revoltosos, siempre al borde de una travesura. Pero si hoy ocupás —o aspirás a ocupar— un rol de liderazgo, seguramente atravesaste experiencias grupales donde todo eso convivía al mismo tiempo. Porque, al final, como grupo, éramos un auténtico torbellino humano.
En ese contexto, las enseñanzas y los valores debían ser simples, claras y prácticas. La meta era acompañarnos, poco a poco, para convertirnos en ciudadanos responsables, capaces de convivir, contribuir y tomar decisiones dentro del grupo, en la escuela y en casa. Ese era el primer gran desafío: la vida en manada —como luego en la vida adulta— exige aprender a escuchar. Y escuchar, aunque suene básico, es un esfuerzo, un hábito… y hasta un arte.
Recuerdo incontables momentos en los que Akela nos llamaba la atención por no prestar atención. El bullicio era permanente, la energía inagotable. Pero con el tiempo —y a veces mediante pequeños golpes de realidad— uno aprende. Recuerdo, por ejemplo, cortarme el dedo pequeño del pie por llevar mal una pala de mano. Nada como una experiencia así para empezar a registrar los detalles.
En la naturaleza, todo es maestro. El humo del fogón que te obliga a ubicarte mejor. El entorno que te exige estar atento. Las indicaciones del seisenero —a veces a gritos, a veces con empujones— que te enseñan coordinación y disciplina. Los retos firmes de Akela, pero también sus palabras personales, dichas al oído, que calaban más profundo que cualquier reprimenda.
De a poco, prestar atención y escuchar deja de ser una instrucción y empieza a ser un valor. El parloteo infantil nunca desaparece del todo, pero algo en nosotros madura: la capacidad de estar atentos, de leer el contexto, de asumir responsabilidades y entender consecuencias. Ya sea cometer un error inocente —como interrumpir un sendero haciendo del mismo el propio baño, asqueroso— o una travesura planificada —como devorar una bolsa de caramelos antes de que los dirigentes la descubrieran— cada experiencia moldeaba el carácter.
Así, sin manuales de liderazgo ni discursos motivacionales, aprendíamos la base de lo que luego se vuelve indispensable en la vida adulta: escuchar, observar, respetar el entorno, y aceptar que cada acción trae una consecuencia. Liderar empieza mucho antes que dirigir; empieza cuando aprendemos a convivir.
Otro valor fundamental era saber obedecer. Sí, también había muchos “caciques” y pocos “indios”. Cada niño quería mandar, opinar, marcar su territorio —de manera lógica… y no tan lógica. En ese tiempo, la sensibilidad individual no ocupaba el centro de la escena como hoy. Y sin embargo, los dirigentes eran atentos y afectuosos, con esa vocación genuina que uno solo entiende con los años: la de un maestro que quiere formar, no controlar. (Y aquí descarto, con claridad y alivio, cualquier experiencia ligada a los abusos tristemente conocidos en ámbitos educativos o religiosos; gracias al universo, en mi grupo jamás viví nada de eso.)
Había una enseñanza explícita del respeto a la autoridad: a los adultos, a los mayores y a quienes ocupaban roles de liderazgo. Pero también había algo implícito, que después reconocí con el tiempo: uno obedecía más y mejor a quien se había ganado el respeto por mérito, ejemplo y coherencia. Era una obediencia que nacía, en parte, de la admiración.
Aun así, también aprendíamos algo esencial para la vida adulta: no siempre vas a admirar a quien lidera sobre ti… y aun así tendrás que cumplir tu rol y respetar la estructura. Porque en una organización —como entonces en la manada— no es posible que todos manden al mismo tiempo. Obedecer, en su forma más sana, no es sumisión: es disciplina colectiva, es confianza en el propósito, es aceptar que los grupos funcionan cuando no cada uno hace lo que quiere, sino lo que corresponde.
Mi seisenero, por ejemplo, era revoltoso e inquieto, pero buena gente. Con él compartí momentos que aún recuerdo con cariño, salvo el día en que me reveló —cruelmente prematuro a mi juicio— un secreto sobre los Reyes Magos. El subseisenero, en cambio, nos parecía casi un sargento al principio; pero con el correr del tiempo comprendimos que su firmeza era parte del rol, y lo hacía bien. Akela también tenía sus momentos: cuando se enojaba, sus retos nos dolían un poco —no mucho, pero lo suficiente como para corregirnos— y, sobre todo, sabíamos que aquello venía del cuidado, no del autoritarismo.
La dinámica de grupo era productiva porque no se trataba de una obediencia ciega ni militar —siempre con respeto hacia quienes eligen ese camino— sino de una cultura de liderazgo con sentido y retroalimentación. No cuestionábamos por deporte, pero cuando algo era ilógico, incluso como niños, se notaba. La obediencia tenía base en la lógica y en el propósito compartido.
Y ese propósito era claro: si querías ganar un juego, debías seguir las reglas; si querías disfrutar del campamento, tenías que mantener ordenada tu tienda, tu mochila y tus cosas. La naturaleza no perdona el desorden. El caos es mal compañero del campista, como también lo es del profesional y del líder.
Así aprendíamos a obedecer: no desde el miedo, sino desde la comprensión de que el orden habilita la aventura, que la disciplina hace posible la libertad y que, para liderar algún día, primero hay que saber seguir. Obedecer fue, sin que lo supiéramos entonces, nuestro primer ejercicio de humildad y de inteligencia social.
Aprender a hacer. La propuesta educativa del movimiento scout —y de los Lobatos en particular— se basaba en un principio tan simple como poderoso: aprender haciendo. Pero conviene aclarar algo fundamental: aprender haciendo no es improvisar haciendo. Esa idea moderna de “lo vamos resolviendo sobre la marcha” no aplicaba. Y, sinceramente, tampoco funciona bien en organizaciones adultas.
A nuestra edad, el proceso era claro, estructurado, progresivo y profundamente pedagógico. Primero, recibíamos una explicación. Luego, observábamos un ejemplo. Recién después actuábamos. Imaginen la escena: la instrucción para armar una carpa. Un adulto y un seisenero —o subseisenero— montaban la tienda paso a paso, explicando, mostrando, corrigiendo, y nosotros mirábamos, escuchábamos y absorbíamos. Después desarmaban todo y nos entregaban cuerdas, estacas y lona. Ahora nos tocaba a nosotros. Y sí: había nervios, enredos, risas, frustración, caos… pero al final, la carpa se levantaba. Y nunca más se olvidaba.
Ese ciclo —modelo, guía, práctica, corrección, repetición— no solo construía habilidades: formaba carácter. Enseñaba paciencia, atención, responsabilidad, resistencia a la frustración. Era pedagogía en acción, no un slogan. Y esa lógica, bien aplicada, funciona igual en la vida adulta.
Años más tarde, trabajando en un chiringuito de playa, sin experiencia previa en hostelería, descubrí el mismo patrón. Mi jefa —de carácter fuerte, sí, pero eficaz— me enseñó cada cóctel, cada proceso, cada norma de higiene y seguridad. Mis compañeras compartían trucos y detalles que marcan la diferencia. El ritmo era intenso, pero el aprendizaje era sólido. Había transmisión, acompañamiento y práctica supervisada. Resultado: aprendizaje real, rápido y profundo.
En contraste, en otra empresa con tareas muchísimo más simples, la “formación” duró un día. El resto fue sobrevivir entre prueba, error, y correcciones sueltas. Cero procesos, cero tutorías, cero intenciones pedagógicas. Y eso se nota —en el desempeño, en la motivación, en la calidad percibida por el cliente y en la moral del equipo.
Muchas organizaciones hoy pierden capital humano, recursos y productividad porque no enseñan. No explican, no acompañan, no modelan, no corrigen con propósito. Pretenden resultados sin inversión educativa. Y luego “sorprendidas” culpan a las personas, cuando el problema fue la ausencia de proceso.
El scoutismo nos enseñó lo que cualquier líder debería comprender:
Las personas no aprenden por ósmosis, ni por presión, ni por intuición.
Aprenden cuando alguien se toma el tiempo de enseñar, cuando el error se acompaña en lugar de castigarse, cuando hay estructura y sentido, cuando el aprendizaje es vivido, no solo dicho.
- La eficiencia nace de la paciencia pedagógica.
- La autonomía nace del acompañamiento inicial.
Y el liderazgo empieza cuando entiendes que tu función no es exigir resultados, sino producir capacidades. Eso es aprender haciendo —bien hecho. Y eso, aún hoy, distingue a los equipos que funcionan de los que sobreviven.
Por último —y no menos importante— el lema que nos tatuaron en el alma: “Siempre mejor.” Lo repetíamos casi como una oración secreta. En el saludo, en el cierre de las actividades, en los juegos, en las pequeñas ceremonias que para un adulto pueden parecer ingenuas, pero que para un niño construyen un mundo entero. Y qué mundo. Con el tiempo entendí que esa frase era una brújula, no un látigo. No decía “perfecto o nada.” Decía “un paso más.” Como cuando intentás hacer un nudo que el seisenero hacía en dos movimientos mientras vos te enredabas los dedos y la cara se te ponía roja. O cuando hacías una maqueta de cartón que parecía haber sobrevivido a un temblor, y aun así había un adulto que te decía: “Muy bien, se nota el esfuerzo. ¿La próxima la intentamos con un poco más de paciencia?” Ese equilibrio era oro: reconocimiento amoroso + desafío amable. No era un “sos un genio” vacío, ni un “esto es una porquería” cruel. Era una invitación permanente al crecimiento.
Y, claro, también estaba la parte menos romántica: las burlas de los compañeros cuando algo salía torcido, esa risa inevitable que aprendías a tolerar… o a usar como combustible. No era bullying sistemático —era la vida misma entrando por la puerta. Había días en los que volvías a casa con la mochila llena de barro y el ego medio magullado, pero también con la certeza de que mañana tendrías otra oportunidad de hacerlo un poquito mejor.
Ese lema nunca se fue. Hoy lo veo en el trabajo, cada semana. Una clase que ya está armada y sin embargo le encontrás un concepto nuevo; una interacción con un cliente a la que le agregás un gesto amable; un proceso que reducís en un minuto; un espacio que perfumás diferente porque descubriste un aroma mejor.
No es obsesión por la excelencia.
No es culpa disfrazada de productividad.
Es algo mucho más simple, y más humano:
la dignidad de intentar mejorar, aunque sea un 1%, sabiendo que ese 1% vale.
Mi paso por la Manada fue breve —lo suficiente para absorber el mensaje antes de que llegaran las primeras decepciones: la burocracia infantil, el niño mandón que se creía general, el juego convertido en protocolo. Y un día dije basta y me fui. A veces el crecimiento también es reconocer cuándo un ciclo terminó. Pero lo esencial quedó. Quedaron los campamentos donde aprendés a dormir con frío y levantarte igual, a cuidar tus cosas, a pedir ayuda sin vergüenza, a entender que la naturaleza no te espera ni te perdona si te distraés. Quedó la risa en medio del bosque, el olor a fogata que no se va ni lavando la ropa tres veces, la mezcla de miedo y libertad cuando te alejabas un poco del grupo y descubrías que también sabías cuidarte solo.
Si hoy me sale natural observar, mejorar, acompañar o pedir ayuda; si busco construir espacios donde la gente pueda crecer sin miedo… sospecho que ese “Siempre mejor” todavía actúa ahí, silencioso, pero constante.
Y vos, que estás leyendo esto —líder, profesional, aprendiz, o todo al mismo tiempo— seguramente también tenés un lema que te acompaña desde chico. Si querés, compartilo en los comentarios. Me encantaría leerlo.
Gracias por llegar hasta acá. Si esta historia te resonó y te gustaría que continúe con más anécdotas, aprendizajes y fracasos útiles, hacémelo saber. Tenemos mucho para explorar juntos.
Nos vemos pronto —con más y, ojalá, siempre un poquito mejor.