Por Alberto
Una idea previa central podría ser que soñar no es vivir en una fantasía ni en la ingenuidad de la esperanza inventada para no asumir o, mejor dicho, digerir tu realidad de manera superedulcorada. Tal vez, solo tal vez, soñar es la capacidad estratégica de diseñar un escenario futuro deseable. Y en ese escenario futuro deseable, el problema no es el sueño en sí, sino soñar sin calcular la logística.

Al igual que en mi primer año residiendo en otro país, hoy se me dio por volver a escuchar un vídeo motivacional que me sirvió mucho para atravesar un momento duro en el proyecto de vida. En aquel momento, cuando el cambio de entorno exigía redefinir mi perfil profesional desde cero, recordar ese discurso me ayudó a enfocarme únicamente en lo que sí dependía de mí. Y me detuve en una idea fuerza: la falacia de la persona detractora. Si una persona tiene una visión clara de su meta, de su objetivo y de su proyecto, no debe prestarle demasiada atención a quienes dudan. Y hay que empezar por ese detractor interno que muchas personas llevamos dentro y que, en momentos de cansancio, nos susurra al oído: «no vas a poder».
Muchas veces, los entornos que componen nuestra base social (si es que se dice así) —tanto los más lejanos como los más cercanos— tienden a amortiguar las ambiciones ajenas. Algunas veces lo hacen por sus propios miedos, otras veces por pura inercia, otras por falta de conocimiento y, en ocasiones, por esa envidia silenciosa que se pregunta: «¿por qué a esta persona se le ocurrió esto y a mí no?».
No prestar oídos a las opiniones destructivas me parece un principio fenomenal. A partir de allí, por supuesto, hay que darse permiso para soñar. Pero —y siempre hay un pero— hay que medir los riesgos y cuidar con celo las responsabilidades. Repito: hay que medir los riesgos, pero jamás dejar de soñar ni de ir a por los objetivos propios.
Pensando en esta idea, se me ocurrió relacionar este impulso de ir a por nuestros ideales sin oír a quienes critican por demás, con una herramienta técnica que nos cubre incluso cuando el contexto se vuelve adverso: el concepto de Riesgo Controlado. Aquí te invito a diferenciar con claridad entre la audacia inteligente y el simple salto al vacío. Quien se dedica a la negociación, a la dirección de equipos o a la reflexión consciente de su propia vida como si fuera una foto en movimiento, jamás ignora los riesgos; al contrario, los identifica, los pondera, protege su base operativa y, solo sobre esa seguridad sólida, decide arriesgar.
Y siguiendo este mismo hilo, surge otro punto fundamental: el deber de la responsabilidad. Es indispensable recordar que los sueños adultos solo se sostienen sobre el cumplimiento estricto de las obligaciones presentes. De lo contrario, no estamos construyendo un futuro: simplemente nos estamos escapando o inventando un nuevo opio para evadirnos de la realidad que nos toca gestionar día a día. Cumplir con el trabajo diario, mantener los compromisos asumidos y cuidar a los nuestros no limita nuestros sueños; al contrario, es lo que les da legitimidad y cimientos reales. La disciplina diaria es la única moneda que paga la factura de la libertad futura.
Espero que estas reflexiones te sirvan, te ayuden, te potencien si lo necesitas o, al menos, te dejen más tranquilo. En un tiempo no muy lejano, espero poder escribir una segunda parte de esta entrega. Te leo con mucho gusto en los comentarios.